El Ladrillar, hablamos
de una pequeña aldea ubicada en lo más profundo de las Hurdes extremeñas. Al
caer la noche, unos gritos guturales resuenan por las callejuelas empedradas.
La gente corre a encerrarse en sus casas y tan apenas unos pocos se atreven a
observar tras los empañados cristales, como un extraño y pequeño ser de
extremidades cortas y cabeza desproporcionada, se pasea sin rubor flotando en
el aire por las afueras del pueblo, acompañado por dos pequeñas luminarias.
Estos hechos, que ahora os contaré con más detalle, pueden
parecer a priori el argumento de una película de serie B de los años setenta,
pero tales sucesos fueron reales, y así quedaron registrados en diversas actas
oficiales de la época por vía del párroco Isaac Gutiérrez, que semanas después
de vivir en primera persona estos insólitos hechos, los relató a viva voz en el
primer congreso de Hurdanofilos celebrado ese mismo año en Plasencia, ante toda
una cohorte de personajes acaudalados e influyentes y ante el mismísimo obispo
de Cáceres y Coria.
Hasta hace unas décadas, los testimonios de los ancianos que
vivieron los acontecimientos de aquellos 26,27 y 28 de febrero, respaldaban con
gran exactitud los legajos con el testimonio del párroco, que se conservan
todavía en el Archivo Episcopal de Cáceres. También se conserva el acta de
defunción de la pequeña María Encarnación Martín, que señala que el óbito se
había producido por causas absolutamente desconocidas, y que cayó fulminada
ante el fulgor de una de las luminarias que acompañaban al que, desde entonces,
se conoce como “el duende de Ladrillar”.
El duende apareció un día sin aviso previo, en las cercanías
del cementerio de la pedanía y lo volvió a hacer durante los dos días
posteriores para desaparecer sin dejar huella y no volver jamás. Según Isaac
Gutiérrez, “el duende vestía ropajes ceñidos y oscuros enfundados en un menudo
cuerpo, la cabeza era desproporcionada por lo grande, y las extremidades cortas”.
Descripción que a todos nos puede sonar hoy en día a los típicos encuentros con
personajes supuestamente de origen extraterrestre, pero que en aquellos tiempos
todavía era un concepto completamente desconocido, y todavía más para unas
tierras como las Hurdes, aisladas del mundo y completamente ignorantes en estos
aspectos.
Serafina Bejarano Rubio, que vivió aquellos sucesos cuando
tenía 9 años, lo relataba del siguiente modo: “Yo tendría nueve años. Y todo lo
recuerdo perfectamente como si hubiera pasado hoy. Fueron tres días los que se
apareció aquel “tío”. Venía volando, a no mucha altura y perseguido de dos luminarias
redonditas y fueres. Casi nunca hacía ruido, pero a veces gritaba…, era como un
“aullar” que nos ponía de miedo. La gente se arrejuntaba en aquella placilla de
abajo y veíamos cómo aquel demonio flotaba hasta esa arboleda de ahí enfrente.
Uno de los días llegó a aposarse muy cerca del cementerio. Daba como un “revoloteo
en el aire” y volvía otra vez para una casa de allí.
Estábamos muy asustados…
todos le teníamos miedo. Luego hubo un día que no volvió más y por eso se quedó
lo del duende. Dicen que el cura lo expulsó, que llegó a pelearse con él. Pero
eso ya no lo sé. Iba vestido de negro y era chiquito, chiquito… parecido igual
a un mono. Yo tenía nueve años… pero nunca podré olvidarlo”.
En otro momento, según cuentan las actas, una de las luminarias
que acompañaban al llamado duende sobrevoló a un grupo de chiquillos entre los
que se encontraba la misma Serafina Bejarano. El párroco siguió la escena desde
el pórtico de la iglesia y observó, al igual que multitud de asustados vecinos,
cómo una jovencita de tan sólo cinco años caía al suelo de modo fulminante. La
pequeña María Encarnación moría días después del suceso, el 2 de marzo, sin que
nada se pudiese hacer por salvarla y sin una causa concreta o conocida para su
muerte.
¿Finalmente qué fue lo que ocurrió realmente durante
aquellos tres lejanos días de 1907? Los más escépticos opinarán que todo esto
no son más que cuentos de viejas, otros dirán que algo sucedió pero que se ha
sacado de contexto. En este aspecto se puede leer en algunos sitios que el
supuesto duende no fue más que un pájaro negro, un cuervo posiblemente quizás
de un tamaño más grande de lo normal y que merodeó por aquel pueblo durante los
mencionados días, a la aparición de este pájaro se le atribuiría la mala suerte
que corría el pueblo y la elevada mortandad que sufrían sus gentes. Con el
tiempo, la historia habría degenerado en lo relatado más arriba.
Es posible,
quien sabe… lo único cierto es que algo sucedió en el Ladrillar y aquí os he
contado lo que por tradición oral o escrita ha quedado de todo ello. A partir
de aquí, cada uno puede sacar sus propias conclusiones.
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